Amamantarlo fue nuestro sostén

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Cuando la Dra. Dijo “hay que internarlo” todo se derrumbó como un castillo de naipes. Muchos años de amor; una linda casa (aunque inconclusa); una profesión; una familia que me quiere; un hijo hermoso, sano y fuerte, que crecía sin parar y al que cuidábamos muchísimo. ¿Por qué a él? ¿Qué hicimos mal? ¿Cómo no nos dimos cuenta antes?

Había dado señales que nadie supo interpretar. Más molesto y lloroso, menos juego y menos sonrisas, parecía tener un temor desesperante a despegarse de mí aunque fuera tan sólo por un momento. Después de varios meses de dormir tranquilo en su cuna, no podía dormir en otro lugar que no fuera en mis brazos. No al lado mío, sino encima mío. Sólo así se sentía seguro. Pero no entendimos nada. Hasta que su piel comenzó a enrojecerse. Y luego seguíamos sin entender. Una bacteria ¿Cuál? Nadie nos explicaba las cosas con claridad. Solos, cuando pasó la tormenta, aprendimos qué le había pasado a nuestro hijo. Leyendo supimos todo lo que los médicos nos habían ocultado.

Al verlo tan deteriorado nos asustamos un poco, pero no pensamos que fuera tan serio. “Internarlo”. Un golpe seco en el alma que de un manotazo desparramó nuestros sueños cumplidos. Llegamos, lo atendieron en la guardia y luego pasó mucho tiempo hasta que le asignaran su lugar. Moría de miedo. ¿Podría estar cerca de él todo el tiempo? ¿Y si quieren obligarme a que se quede en la cama y no puedo tenerlo en mis brazos? ¿Y si no puedo porque lo llenan de cables y sondas? Subimos, su cuerpo ardía enrojecido, su boca y su oreja con heridas infectadas. No podía mirarlo sin llorar. Nos hacen retirar de la habitación. Le extraen sangre y le colocan una vía para el suero y los antibióticos. Su llanto se escuchaba desde lejos. Lloramos con él. Seguía llorando y nadie nos decía nada.

Parece que ahí estaba solito, hasta que me llamaron, no pasó mucho tiempo pero se hizo eterno. Lo envolví con una sábana y lo tomé en mis brazos. Lo primero que había preguntado antes de retirarme era si había alguna limitación para tenerlo upa. Me dijeron que no, aunque después vinieron las objeciones. Pero eso viene después. Pudimos volver, y pude abrazar, y con su boca lastimada y sus labios secos, igualmente se prendió a mi pecho y dejo de llorar. Se durmió en mis brazos. Las primeras horas se deterioró de una manera espantosa. ¿Cómo justo cuando lo internamos en lugar de mejorar comienza a empeorar? ¿Dónde termina esto?

Siguieron pasando las horas, las intervenciones médicas, dormía y se desertaba inquieto. No lo despegaba de mis brazos. Si no estaba conmigo, estaba en brazos de su papá. Así fue hasta que se sintió mejor.

Directas e indirectas. Mientas el sufría y nosotros también. Algunos se ocuparon de molestar y molestarse porque estaba todo el tiempo en brazos. Porque estaba todo el tiempo prendido a la teta. En medio de la tormenta, sin entender ni él ni nosotros qué hacíamos ahí y por qué nos había pasado esto, poder calmar su llanto con mi pecho nos salvó. Lo salvó a él de llorar. Lo salvó de no alimentarse por varios días. Lo salvó de estar todo el tiempo con una sonda que le pasara suero. Pero parece que molestábamos a alguien estando unidos cuando más lo necesitábamos.

Pasó la primera noche. Pasó el primer día. Cuando caía el sol y nos quedábamos solos los tres, sin gente afuera esperando noticias ni tomando café, junto con la luz se derrumbaba nuestro ánimo. Fue allí cuando la enfermera de la tarde dijo que no veía que estuviera tomando nada, que sólo chupeteaba un poco y que ella necesitaba saber cuánto tomaba porque se estaba deshidratando. Preguntó cómo y cuánta mamadera tomaba y le dijimos que no tomaba nunca. Nos miró como a extraterrestres. Le dije que me podía sacar leche para darle en la mamadera, para realizar esa verificación. Hacía unas horas, entre todo lo que había recogido de casa mi marido, estaba el sacaleches, por si hacía falta. Voy al baño par estar más tranquila, comienzo la extracción, no salía nada. No puede ser, si estaba extrayéndome leche cada vez que lo necesitaba con mucha facilidad, y a veces me sacaba sólo para descongestionarme un poco, porque tenía muchísima. Pero no salía nada. Y ahí sí me derrumbé.

¿Cómo no tenia leche cuando mi hijo más lo necesitaba? No podía ser posible. Hasta ese momento poder amamantarlo nos había sostenido. Él se alimentaba y encontraba consuelo. Y yo también. En medio de su sufrimiento, tenía algo para darle. ¿Y lo perdía ahora? No podía ser. Era desesperante. Pasaron quince minutos, volví a intentarlo, y nada. Lo intenté con él mamando de un lado, y tampoco. Además su succión era menos vigorosa que de costumbre. Pero no hacía tantas horas que no se alimentaba. Después de todo podía no tener hambre. La enfermera preparó la mamadera. No quiso tomarla. Su boca lastimada ni siquiera podía abrirse lo suficiente como para abarcar la tetina. Entonces llegó la amenaza. Hay que ponerle suero, porque se está deshidratando. Atado a ese cable, eran mayores los riesgos de dañar su vía y que hubiera que pincharlo otra vez. Fueron varios los pinchazos.

Seguía desesperada y sin poder explicarme que pasaba. Comenzamos a revisar el sacaleches. Estaba roto. Fue un alivio. Pero también sentí mucha bronca por el dolor que la enfermera nos había sumado. ¿De dónde había sacado toda esa ocurrencia? El médico había ordenado sacar el suero porque se estaba alimentando y no lo necesitaba. ¿Cómo sabía ella que no tomaba nada? ¿Por qué había que medirlo? ¿Por qué una mamadera cuando yo estaba ahí, con él? El fue más inteligente y no la tomó. Él, aún sufriendo, fue el único que sabía la verdad. Mamá seguía teniendo leche, y la tomaría cuando lo necesitara.

Así transcurrieron los días hasta que se sintió mejor. Compramos un sacaleches nuevo, pero sólo hizo falta para descongestionar mis pechos porque mi producción había subido mucho cuando él tomó sólo mi leche. A los tres o cuatro días ya estaba comiendo como antes, y necesitaba menos. Entonces extraje un poco solamente, como para no sentirme incómoda. Y volvió a alimentarse como antes. Hasta empezó a cenar. Su piel estaba casi curada en menos de una semana. Seguía durmiendo en nuestros brazos pero ya más tranquilo y sin esas quejas de dolor entresueños.

Varios de los médicos y las enfermeras consideraron demasiado el tiempo que estaba en brazos, pero más que opinar no podían hacer. Una enfermera quiso que me retirara de la habitación y lo dejara solo en la cama –cama muy insegura para un bebé, por otra parte- para que pudieran limpiar. Él lloraba si se separaba de mí. Me dijo que era “un segundo”. Me negué. No lo dejaría solo ni “un segundo”. Era más importante cuidarlo a él que dejar el espacio cómodo para limpiar el piso. Después de todo, mis pies no ocupan tanto lugar. Se quejó con el médico. Por suerte no tuvo lugar su queja. Planeaba esperar que me fuera –lo escuché- para “echar” a su papá de la habitación. Pero el tampoco se separaría de él. Ninguno de los dos lo hizo ni por un instante hasta que tuvo ganas de volver a jugar, y sentarse rodeado de sus autitos, avioncitos y sonajeros.

Se curó antes de lo esperado. Volvimos a casa. Ya está de alta y su enfermedad es sólo un mal recuerdo. Pero sigo sosteniendo que en medio de tanto dolor, poder amamantarlo y tenerlo en mis brazos nos salvó a los tres. El lloró menos y por lo tanto sufrió menos. Su llanto era también el nuestro, así que papá y mamá también sufrimos menos. Y yo, frente a la desesperación de ver el dolor de mi hijo, sentí que tenía algo para darle. No sé si mi leche, mis pechos y mis brazos lo ayudaron a curarse. Pero sí lo ayudaron a sentirse mejor. Y a mí también.

Valoro y celebro haber llegado a esta instancia amamantándolo. No haber escuchado a los que creían que ya no hacia tanta falta. Que daba igual o que incluso estaba demás. En estos ocho meses amamantar a mi hijo fue muchas veces cansador y exigente, es cierto. La mamadera, que crea bebés más independientes, dicen por ahí, a las únicas que independiza es a las madres. Los bebés dependen de la mamadera. No me parece mal que una mujer no desee relacionarse con su hijo de este modo. Si amamantar es una obligación el placer queda de lado. Pero sin duda me parece mal que se desaliente y critique a la que quiere hacerlo. Además, mi hijo con sus siete meses y medio era bastante pequeño todavía. Me sorprendió que a algunos les pareciera demasiado tiempo. Que por no tomar mamaderas con leche de fórmula fuéramos vistos como un fenómeno. No fueron todos. Pero sí los suficientes como para hacernos pasar algunos malos ratos. Y para contradecirse con los afiches que promovían la lactancia materna, apenas a unos pasos del microondas que la citada enfermera utilizó para calentar la leche que mi hijo no quiso.

Del mismo modo que en los momentos más difíciles nos sostienen los afectos –y nosotros tuvimos muchos, por suerte-, en ese momento tan difícil la lactancia fue nuestro sostén. Fue alimento. Fue afecto. Fue mutuo consuelo. No había motivo razonable para renunciar a ello.

Romina Cutuli

 

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