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Puesto que los padres controlan dónde duerme cada uno, es su sabiduría popular la que dictamina las disposiciones para dormir. Como he dicho antes, en aquellas culturas donde el principal objetivo de los padres es integrar a los niños en la familia, el hogar y la sociedad, se mantiene a los bebés al alcance de la mano, aun durante la noche. Los bebés duermen solos primordialmente en aquellas sociedades (principalmente en el Occidente industrializado y sobre todo en Estados Unidos), en las que se da importancia a la independencia y a la confianza en uno mismo. Subrayando este inconsciente objetivo social hay un supuesto aún más fundamental, sostenido por los norteamericanos y algunos otros grupos: que la manera de tratar a los niños desde el primer día tiene un efecto importante sobre lo que harán cuando sean adultos. No todas las culturas comparten esta filosofía. Los gusii, por ejemplo, consideran que la infancia es un período de dependencia, durante el cual el objetivo no es modelar al bebé, sino mantenerlo con vida. Creen que los padres deben esperar hasta la niñez para iniciar la educación. Para los mayas, madre y bebé son una unidad inseparable; ellos creen que los pequeños no están listos para la orientación hasta que aprenden a hablar y a razonar. En esta cultura no se considera que los recién nacidos sean susceptibles a la enseñanza, sino que sólo necesitan cuidados. En otras palabras: el sueño puede adquirir un tono moral. Y la base de esa moralidad es cultural, por supuesto. Los padres norteamericanos creen que es moralmente "correcto" para los infantes dormir solos, aprendiendo así a ser independientes y autosuficientes. Que los padres duerman con sus hijos les parece extraño, psicológicamente patológico y hasta pecaminoso. Aquellas culturas en las que se duerme con el bebé piensan que la práctica occidental de acostarlo aparte es amoral y constituye una forma de descuido o irresponsabilidad de los padres."En ambas culturas, los padres están persuadidos de que su estructura moral es la "correcta". La diferencia de actitud también refleja la manera en que las diferentes culturas ven el sueño, en general. Los mayas lo tratan como si fuera una actividad social, por lo que dormir sin compañía les parece penoso, mientras que los norteamericanos lo consideran un tiempo para la intimidad: el sacrificio es compartir la cama. Además, distinguen claramente entre día y noche y la clase de actividades que se pueden realizar en cada momento de día, mientras que a los Kung San les resulta muy natural despertar en medio de la noche y pasar unas cuantas horas conversando en torno de la fogata. En su cultura no existe el insomnio, porque nadie pretende dormir toda la noche. En realidad, la investigación intercultural del sueño ha demostrado que despertar por la noche es mucho menos frecuente en las culturas occidentales que en otras. Sin embargo, los padres occidentales toman como mucho más problemáticos esos momentos de vigilia, relativamente pocos, que suele tener un bebé durante la noche, en comparación con otras sociedades donde el sueño infantil es mucho más ligero. Pero no es sólo la industrialización o la modernidad lo que ha fomentado las noches de sueño solitario e ininterrumpido. Como mencioné anteriormente, los niños japoneses duermen con sus padres hasta la adolescencia. Aunque haya otros cuartos y otras camas disponibles, se acuestan en futons en la habitación de sus padres. Los japoneses ven en el niño a un organismo biológico aparte, que debe ser atraído hacia una relación interdependiente con los padres y la sociedad, sobre todo con la madre. Ellos prefieren no dormir solos, no pretenden -y probablemente no conciban que a alguien pueda interesarle- dormir solos. Compartir la cama con alguien que no sea la pareja también quita énfasis a la connotación sexual de la noche y la cama que tanto impera en la sociedad norteamericana. Para los japoneses, el concepto de familia incluye compartir la noche; el modelo de familia tiende a orientarse hacia la madre y los niños, con el padre afuera, a diferencia de la versión norteamericana de la familia nuclear, con los padres como pareja sacrosanta y los niños subordinados a esa relación primaria. Otras naciones industrializadas han fijado patrones de expectativa en cuanto al sueño de los niños. Los holandeses, según han descubierto Sara Harkness y Charles Super, expertos en desarrollo infantil, piensan que es preciso regular estrictamente a los bebés, tanto en el sueño como en todos los demás aspectos. También atribuyen los problemas de sueño infantil a alguna interrupción en la rutina. Mientras los padres norteamericanos se esfuerzan por hallar soluciones a corto plazo para que sus hijos duerman toda la noche -paseos en coche, ruidosas aspiradoras, osos de peluche que dejan oír el ritmo de un corazón-, a los niños holandeses se los acuesta temprano, todas las noches a la misma hora, dejando que se adapten. Y si se despiertan, tienen que entretenerse solos y levantarse cuando llegue la hora. Las madres holandesas mantienen este plan regulado haciendo todos los días lo mismo. No corren de acá para allá con sus hijos ni los llevan a pasear en coche. No creen en el estímulo y la excitación constantes para desarrollar las facultades cognitivas de los bebés. En cambio les ofrecen un ambiente estable, que permite pocas interrupciones y alteraciones. Como los japoneses, tienden a tener una opinión consensuada sobre la crianza. La regla de oro consiste en tener horarios regulares, para dormir y para todo lo demás.

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