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Ya sea atado a la espalda de su madre, colgando de una hamaca en una choza de barro o anidado en un moisés forrado de encaje en un cuarto pintado de color rosa, todos los bebés se las componen. Pero si bien el acto real de dormir es siempre el mismo -durante el descanso los niños están inconscientes y sueñan- el ambiente del sueño puede ser muy diferente para cada criatura. Tomemos el ruido, por ejemplo. Un bebé que duerme solo disfruta de un considerable silencio, con pocos ruidos que penetren sus sentidos. El bebé que duerme en una habitación llena de gente, aunque los otros también estén durmiendo, se encuentra rodeado de ruidos: voces y respiraciones. Pensemos en el asunto del contacto. Un bebé solo toca apenas la ropa y su propio cuerpo; el bebé que está en la cama con otro ser humano toca piel, calor y respiración. Los padres y los expertos en puericultura siempre han reconocido que el ambiente donde se duerme cambia las cosas; justamente por eso los occidentales aconsejan un lugar solitario y un ambiente tranquilo, pues buscan cierto tipo de sueño. Por idéntico motivo, los etnopediatras se concentran ahora en el ambiente donde se duerme: ellos también creen que es crucial para la salud y el desarrollo infantiles. Pero a diferencia de la mayoría de los especialistas, los etnopediatras opinan que el sueño solitario, habitualmente recomendado, es exactamente lo opuesto a lo que la naturaleza determinó por evolución y, por ende, distinto de lo que el bebé en verdad necesita. En todos los estudios comparativos del sueño infantil, las sociedades industriales de Occidente, sobre todo entre blancos de clase media, ponen a sus niños y bebés en camas individuales y, a menudo, en un cuarto propio. Este patrón contrasta marcadamente con casi toda la historia humana. Como ya hemos visto, hasta hace 200 años todos los bebés dormían con adultos; virtualmente todo el mundo dormía con alguien. Esto sucedía antes de que apareciera la noción de "intimidad", concepto que ha arraigado en las culturas norteamericanas. En Europa, las casas de clase media reflejaban esta falta de intimidad; ninguna casa tenía cuartos que funcionaran aparte ni dormitorios diferenciados de las habitaciones donde se vivía y se comía. Cualquier ambiente se podía utilizar para dormir, cocinar, recibir a las visitas o atender los negocios; muy pocas cosas en él estaban permanentemente fijas; ni siquiera los muebles. Tal como escribe el historiador de la arquitectura Witold Rybczynski: "El hogar medieval no era en un lugar privado, sino público". Era también un tiempo de gran pobreza y miseria. Aunque la nobleza europea tuviera varias casas, con aposentos amplios y lujosos, los pobres estaban reducidos a tugurios de un solo cuarto.
También era una época de muerte. La mortalidad infantil era común; por ejemplo, en el primer censo sueco, realizado en 1749, llegaba a 200 de cada 1.000 nacimientos (20 por ciento) Gran parte de esta mortandad entre los niños se debía a enfermedades o a problemas en el parto, pero se pensaba que muchos bebés, sobre todo en los centros urbanos, hablan muerto "por accidente" mientras dormían en la misma cama con los padres. La causa se atribula a sofocación: la madre o el padre, al darse vuelta, aplastaban al bebé y lo ahogaban. La asfixia se consideraba tan problemática que en Italia se inventó un aparato llamado arcuccío para proteger a los recién nacidos de sus peligrosos padres dormidos. Los dibujos muestran el arcuccío con aspecto de trampa para langostas; los costados de madera tenían grandes agujeros donde era posible poner un pecho para amamantar y una barra arriba, para sostener las mantas o frenar a un progenitor. Aunque se aceptara la asfixia como motivo de la alta mortalidad infantil, en realidad muchos de estos fallecimientos eran sumamente sospechosos.
En los siglos XVI y XVII, la mayoría de los países europeos dictaron leyes para impedir que los padres durmieran con sus bebés. En esencia, estaban tratando de impedir el infanticidio. Cuando habla demasiadas bocas para alimentar era fácil sofocar a un bebé "por accidente". Por lo tanto, el gobierno debía intervenir.
El miedo a la sofocación persigue hoy a muchos padres occidentales. A todos les parece posible aplastar al bebé o ahogarlo bajo una montaña de mantas. Pero tal como apunta el investigador McKenna, los bebés nacen con fuertes reflejos de supervivencia, capaces de gritar y patalear antes de permitir que algo les obstruya las vías respiratorias. La sencilla evidencia de que, en el mundo actual, la mayoría de los bebés duermen con uno de los padres sin morir asfixiados, debería convencer a los padres de que es bastante difícil arrollar a un bebé sin darse cuenta. Es cierto que los colchones blandos y las almohadas esponjosas representan un verdadero riesgo de sofocación; además, puede haber problemas si envolvemos al bebé tan apretadamente que no pueda expresar su instinto natural de empujar lo que molesta. Pero se equivocan los padres occidentales temerosos de ahogar a sus niños. En una atmósfera saludable, en la que los padres no estén intoxicados ni drogados y no sean obesos, la posibilidad de matar a un niño por sofocación es igual a cero.
Si esto es verdad, ¿por qué persiste el mito? Porque en muchas culturas occidentales hay también motivos sociales, emocionales y políticos para mantener a los bebés fuera del lecho paterno. En el siglo XVII, la Iglesia Católica expresó su preocupación por la posible vulnerabilidad sexual de la joven que dormía con su padre. Al mismo tiempo, la cultura europea estaba desarrollando las ideas del amor romántico y redefiniendo el matrimonio como lazo conyugal antes que como unidad económica o política. De pronto la relación madre-padre adquiría independencia dentro de la idea más amplia de familia. Cuando este vinculo se tornó sagrado, intimo y sexual, nació la intimidad de los padres. Los hijos, aunque fueran frutos de esa relación, no podían interferir en la unión de los esposos. Por una parte se vela a los niños y a los bebés como una amenaza contra ese vinculo y contra el patriarcado por el cual el padre era la autoridad familiar. Esta visión llevó más adelante al complejo de Edipo de la psicología freudiana, drama que no se puede producir si no se entiende que la madre y el padre tienen, desde un principio, un vínculo especial y privado.
En la actualidad, Occidente perpetúa el mito por medio de los pediatras y los expertos en puericultura. He aquí, por ejemplo, el consejo de la doctora británica Miriam Stoppard: "Algunos padres optan por hacer que el recién nacido duerma con ellos, porque de ese modo la alimentación nocturna resulta más fácil. Después de algunas semanas, no debería ser un hábito difícil de abandonar". No está claro si el hábito es del bebé o de los padres. La doctora Stoppard recomienda poner en la cuna una fotografía grande de una cara femenina (la de mamá podría servir), ya que al bebé le gustan mucho los rostros humanos; la foto puede sustituirse por una ilustración. Penelopc Leach, en Babyhood, admite que los bebés duermen mejor acurrucados entre adultos, pero también apunta que los movimientos nerviosos del niño suelen perturbar a los padres y que a muchos les incomoda tener un infante en el "lecho marital".
El doctor Benjamin Spock, que en los últimos cuarenta años ha sido el principal experto en puericultura de Estados Unidos, siempre ha recomendado el sueño solitario para los bebés... nada de mimos y poco consuelo. T. Berry Brazelton, quien heredó el cetro de Spock como pediatra nacional, está de acuerdo con que los bebés necesitan una rutina y un lugar silencioso y solitario para dormir. Como en Norteamérica es tan fuerte la presión para que los niños duerman solos, aun los que acuestan al bebé con ellos se resisten a admitirlo, como si estuvieran cometiendo un delito. El motivo parece ser a la vez teórico y psicológico, y está vinculado una vez más con la idea de independencia. Aunque no hay pruebas específicas que lo apoyen, la mayoría de los padres estadounidenses creen que el sueño en compañía fomenta la dependencia emocional. Y en la arrolladora gestalt de la vida norteamericana, la dependencia se considera negativa. Los adultos pueden dormir juntos porque su relación es sexual e íntima; en Norteamérica, la cama es para la sexualidad y la intimidad. Más aún: la interdependencia de la pareja es el ideal contemporáneo. Pero los hijos no forman parte de esa intimidad sexual ni de esa interdependencia. El sueño a solas concuerda con la perspectiva arraigada del vínculo entre los padres como cerrado, privado, romántico y exclusivo. Por eso, bajo el miedo de sofocar al bebé, subyace un objetivo más fuerte de los padres: impulsar a los hijos a arreglarse solos y hallar sus propias relaciones.
El sendero por el que los padres animan a sus hijos se inicia poco después del nacimiento; lo transitan tanto en el sueño como en las actividades e interacciones del día. Aunque no hay indicios decisivos de que dormir a solas o en compañía tenga un efecto directo sobre el apego posterior (después de todo, el sueño es sólo una parte de la vida), los padres escogen a consciencia un patrón en lugar de otro. Parecería una elección bastante benigna, razonablemente basada en lo más conveniente para los padres. Pero hay nuevas y asombrosas pruebas de que el sueño solitario sería algo más que un objetivo de los padres: también podría ser un riesgo biológico.

 

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