Mi vecino Inocente

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Mi vecino Inocente, al que aún se disputan Dios y el Diablo, sonrió cuando mi hijo se negó a comer el bollito que le había comprado para merendar. “Ni la comida sale de un trozo de plástico, ni el hambre de una tripa llena”- dijo.

Al día siguiente, mi vecino Inocente quiso conocer a su nueva vecinita. Mi mujer había venido del hospital con nuestra hija recién nacida. Vino en un momento poco propicio. Aún faltaba una hora para el biberón de la niña y no paraba de llorar, mi hijo reclamaba atención continuamente con idioteces, mi mujer se quejaba de dolor de pechos y yo sentía que mi cabeza iba a estallar. Mi vecino se ofreció a ayudarme y, antes de que dijésemos nada, fue habitación por habitación cerrando ventanas, bajando persianas y encendiendo luces, luego sentó a nuestro hijo en sus rodillas y le dijo muy alto, para que todos lo oyéramos: “Hace mucho calor aquí, deberíais colocar aire acondicionado; también he oído hablar de unas bombillas que imitan la luz solar, si colocáis muchas tendréis que poneros gafas.” Mi hijo estaba sentado en las rodillas de un demente, lo que la gente comentaba de él era cierto. Después de un tenso silencio prosiguió: “Tienes que ser paciente con tus padres, la preparación para el futuro es muy complicada, tú sufrirás y tus padres también sufrirán para educarte, pero a ti nunca te preguntarán si fuiste feliz o si tus padres te dieron cariño, se te valorará más por tu ropa que por tus sentimientos. Criar a un simple ser humano sería mucho más fácil porque la humanidad se mama, se absorbe por la piel”.

Mi vecino Inocente se levantó, volvió a abrir ventanas y persianas y se marchó.

Fue mi mujer la que primero reaccionó, cogió a la niña y le dio teta. Yo abracé al niño y nos quedamos en silencio los cuatro con una sonrisa imbécil y con lágrimas en los ojos. Ese momento lo recordaré toda mi vida y esa estampa se repite muy a menudo.

Era la primera vez que mi vecino Inocente entraba en nuestra casa, pero se quedó en ella para siempre. Si él estaba loco, ¡Que se callen los cuerdos!.

 

Raúl Castro, papá y esposo co-teteador de Elena García.

 

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