¿Cómo dormir?

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A pesar de la gran cantidad de datos y grabaciones existentes, McKenna y sus colegas no consideran que el solo hecho de que los bebés duerman solos provoque el síndrome de muerte en la cuna. Tampoco creen que dicho síndrome quedaría erradicado si los bebés durmieran acompañados. Consideran que para algunos bebés que corren ese riesgo, el dormir acompañados podría proporcionar un entorno psicológico más positivo para pasar la noche. Más concretamente, los datos con que cuentan hasta el momento sugieren que el dormir en compañía tiene grandes beneficios, en oposición a la infinidad de mitos que impiden que los padres compartan la noche con sus pequeños. En lugar de limitarse al sencillo acto de llevar a los niños a la cama, la cultura occidental sigue insistiendo en que lo ideal es que los niños duerman solos. Esto supone contar con una habitación especial para el bebé, elaboradas cunas y colchones blandos, y juguetes que faciliten el sueño, como osos de felpa que emiten el sonido del corazón humano; es decir un entorno muy diferente del que vivían los bebés hace un millón y medio de años. Los nuevos datos no recomiendan que volvamos a dormir en jergones o que acostemos a los bebés en el suelo, sobre la piel de un animal. Pero es evidente que existen maneras de combinar lo que la tecnología moderna y el conocimiento científico tienen que ofrecer con lo que es mejor para la biología infantil. McKenna cita un buen ejemplo. Muchos padres occidentales utilizan intercomunicadores para saber cuándo el bebé llora o está inquieto. Desde una perspectiva evolutiva y biológica, estos artilugios son absurdos, ya que en la mayor parte de las sociedades el bebé debería dormir con su madre o con una persona que oyera y percibiera cada llanto o queja.
Finalmente, sugiere McKenna, los intercomunicadores deberían funcionar a la inversa, de manera tal que los bebés pudieran dormir rodeados de los sonidos normales de la casa. En este caso, la tecnología ha mejorado las cosas para los padres, pero no para los bebés. Las necesidades de los bebés y las respuestas de los padres a esas necesidades constituyen un sistema dinámico y de evolución conjunta, un sistema que fue -y sigue siendo- moldeado por la selección natural para maximizar la supervivencia infantil y aumentar el éxito reproductivo. La cultura puede cambiar y la sociedad progresar, pero la biología cambia a un ritmo mucho menor. Los bebés siguen fieles a la biología del Pleistoceno a pesar de vivir en la era moderna, y no hay artilugios tecnológicos ni rutinas de sueño que puedan cambiarla. Lo que los bebés necesitan de sus padres es que formen parte de ese sistema interactivo padres-bebé que cambió por razones evolutivas y que es -aún hoy- una necesidad biológica.

 

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