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En algunas culturas, sobre todo la norteamericana, se utilizan los patrones de sueño de bebé como medida de su grado de desarrollo. ¿Duerme toda la noche? ¿Por qué no? ¿Qué le pasa, qué tiene de malo el estilo de crianza? A menudo el sueño es algo que hay que discutir con el pediatra y tema importante para los expertos en puericultura. En tiempos recientes, por ejemplo, Richard Ferber ha promocionado en Estados Unidos un método para ayudar a que los bebés duerman. La "ferberización" requiere comprender los patrones naturales de sueño de cada niño y trabajar con las asociaciones rituales que efectúan los pequeños. "El método de Ferber ha obtenido popularidad entre los norteamericanos, por el papel especial que desempeña el sueño en esta cultura. Tanto los pediatras como los padres dan importancia al sueño, utilizándolo como criterio para evaluar la madurez, el temperamento y la personalidad del bebé". Una encuesta entre pediatras norteamericanos demostró que el 92 por ciento recomendaba horarios regulares para acostarlo; el 80 por ciento, una rutina especial y ritualizada a la hora de dormir; el 88 apoyaba que el bebé durmiera en su cuna fuera del cuarto de los padres y el 65, que no tuviera ningún contacto físico con ellos durante toda la noche. Como los pediatras son la fuente principal de orientación para los padres norteamericanos, el mensaje transmitido suena bien claro: la manera correcta de criar a tus hijos es que duerman solos. Este mensaje, respaldado por la profesión médica, adquiere un aura de verdad científica, por lo que las madres estadounidenses -al menos, las blancas de clase media y media alta- adoptan esta ideología sin cuestionarla. Pero pretender que los bebés duerman durante periodos más largos según, pasan las semanas no es, simplemente, una construcción cultural norteamericana. De hecho, hay buenos motivos biológicos para esperar que cambien sus patrones de sueño a medida que se desarrollan. Típicamente, el recién nacido divide su descanso en periodos breves de sueño, intercalados con períodos de vigilia aún más breves. "Al principio, estos intervalos se distribuyen al azar a lo largo de las 24 horas, pues el bebé no tiene ritmo circadiano, dado que en el vientre no había día ni noche a los cuales acomodarse. Hacia los tres o cuatro meses, no obstante, el ambiente le ha dictado con claridad un ciclo nocturno-diurno y el cerebro infantil ya está lo bastante maduro como para adoptarlo. Aunque el párvulo aumenta su cantidad total de sueño sólo en una hora y media entre la primera semana y los cuatro meses de vida, consolidará ese sueño en períodos más largos. En las primeras semanas, la mayoría duerme cuatro horas a la vez; hacia los cuatro meses, muchos alcanzan -al menos en las culturas occidentales, que fomentan esos periodos más largos- las ocho horas de descanso nocturno ininterrumpido, suplementado con breves siestas. Y hacia los tres meses el cerebro continúa esa consolidación presentando patrones de sueño más adultos en las ondas de actividad cerebral. Esto forma parte de un desarrollo neurológico general, en el cual el bebé empieza a mover las manos a voluntad y a seguir a la gente con los ojos. Sara Harkness, experta en desarrollo infantil, dice irónicamente que, con el correr del tiempo, todos los niños acaban durmiendo como los adultos; sólo queda por ver cuánto tardan en llegar a ese patrón. En otras palabras: obsesionarse con el sueño e inventar triquiñuelas para que el bebé duerma toda la noche es, quizás, empujar el asunto más allá del potencial biológico de niño. Muchos padres necesitan saber que dormir toda la noche (es decir, entre seis y ocho horas sin interrupción), en la infancia o en la edad adulta, no es una verdad biológica ni un hecho cultural universal. Los bebés norteamericanos, por ejemplo, suelen despertar durante la noche, pero a menudo se consuelan solos y continúan durmiendo. Los pequeños kipsigis africanos despiertan tres o cuatro veces cada noche hasta llegar a los ocho meses. Y hay una asombrosa variedad en la cantidad de sueño que cada uno logra. Harkness descubrió que los bebés norteamericanos duermen dos horas más por día que los kipsigis. Más sorprendente es su descubrimiento de que los niños holandeses duermen dos horas más que los norteamericanos. Es obvio que los bebés (y presumiblemente los adultos) no duermen la misma cantidad de horas, y cada cultura ayuda a determinar el cómo. James McKenna, para empezar, examinó los patrones de sueño en distintas culturas y llegó a algunas conclusiones asombrosas: "Los humanos somos dormidores bifásicos, es decir, estamos diseñados para dormir dos veces en un período de 24 horas. La siesta de la tarde es parte de nuestro ser. Así que nadie debería sentirse culpable por echarse un sueñecito durante el día".
La idea de una fase de vigilia energética durante el día, seguida por un período de sueño sin interrupciones durante la noche, quizá sea más una fantasía cultural que un imperativo biológico. En realidad, no concuerda con la manera en que los humanos y otros animales administramos el día de 24 horas. De un modo u otro, el bebé siempre dormirá lo que necesita.

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